La trampa de las redes sociales y los teléfonos inteligentes


Cuando una lectura te estremece, debes parar, para comenzar a pensar. Eso fue justo lo que hice cuando leí una declaración de Zygmunt Bauman (sociólogo, filósofo y ensayista polaco de origen judío) realizada en una entrevista publicada por el portal elpais.com“Las redes sociales son una trampa”.


Hace un par de meses decidí vender mi teléfono inteligente para adquirir una cámara. La lógica que apoyó esa decisión estaba relacionada con el hecho de que actualmente los celulares pierden valor rápidamente. De acuerdo a mis cálculos resultaba más rentable sacarle algo de dinero vendiéndolo que esperar que perdiera gran parte de su valor en unos meses, en todo caso prefería adquirir la cámara que había estado deseando desde hace mucho tiempo antes que tener que ahorrar desde cero para comprarla. Eso fue lo que hice, lo que vino después de aquella decisión tuvo significativas implicaciones en mi vida personal.

Tengo que admitir que renunciar hoy en día a un teléfono inteligente no es sencillo. Cuando te has desecho de un dispositivo así, te das cuenta de que ya no tienes acceso permanente a las redes sociales que sueles utilizar, empiezas a tener dificultades para enterarte de lo que sucede a tu alrededor ya que la mayoría de la información la obtenías al instante desde tu dispositivo móvil. Ya no estas al corriente de los correos electrónicos que recibes, de los asuntos de última ahora que informan a través de Twitter, Whatsapp o Telegram. Comienzas a sentirte algo despistado porque que los que están a tu alrededor poseen alguna especie de ventaja que no tienes. Se te puede hacer incluso difícil llegar a ciertos lugares. Al menos en mi caso, antes de ir algún lugar nuevo siempre verificaba en  como llegar a ese sitio, cual era la vía más rápida, si podía llegar caminando, en bus o metro. Sin un teléfono inteligente parecía estar condenado a usar más el instinto y guiarme por el sentido común.

Con el teléfono inteligente estaba enterado al instante de lo que hacían mis amigos, esta conectado con ellos, con su trabajo, con sus viajes, con sus anécdotas. También aprendía cosas nuevas y conocía a otras personas a través de las redes sociales o blogs. Tenía a la mano mi música preferida a través de las sugerencias de Youtube, contaba con un traductor a la mano para saber el significado de cualquier palabra en cualquier idioma, quizás esto era una de las cosas que mas extrañaba, porque siempre estoy aprendiendo idiomas nuevos y son varias las ocasiones en las que encuentro un palabra por allí que deseo traducir.
Los bancos y los medios de pago a los que estaba acostumbrado ya no los podía utilizar de la misma forma, tenía que usar el computador. Las transferencias, las compras y las consultas comenzaban a tomar más tiempo de lo usual.

En fin, toda la vida actual parece estar configurada de modo que se acepta implícitamente que todos estamos al 100% conectados con dispositivos móviles inteligentes y yo había renunciado al mío.

Los primeros 5 días estuve pensando seriamente comprarme algún sustituto que fuera económico y que me permitiera al menos conectarme a alguna red social como Whatsapp o Twitter y que me permitiera buscar alguna información con Google, pero fue poco antes de terminar la primera semana sin mi teléfono inteligente cuando
se presentaron cambios significativos en mi rutina diaria.

El primer cambio que percibí fue bastante evidente, me sentía mas tranquilo, menos estresado y menos ansioso. Todas las presiones, angustias, estrés y ansiedad que provocaba todo aquel bombardeo de información ya no estaban.

El hecho de no recibir información, noticias, mensajes, artículos, correos, tweets o similares no significa que las implicaciones de algunos eventos desaparezcan solo con el hecho de ignorarlos, pero cuando te permites un respiro, otorgan cierta sensación de libertad.

El constante bombardeo de información que recibimos diariamente a través de Internet o las redes sociales hace que a veces percibamos que todo va a una velocidad mayor de la que podemos procesar. La abundancia de malas noticias, desastres naturales, hechos de corrupción y demás miseras humanas, nos hace pensar que el mundo no es buen lugar para vivir, que no podemos hacer mucho para cambiar esa realidad, y que no hay esperanza en que las cosas mejoren. Ese efecto acumulado con el tiempo puede aumentar nuestro pesimismo y creatividad a niveles alarmantes.

Al detener mi interacción con la red empecé a notarme más positivo, alegre y esperanzado. Pero quizás lo mejor de todo es que estaba pasando de los planes a la acción.
Es normal que al recibir tanta información en tan poco tiempo de distintos ámbitos y direcciones comience a disminuir tu capacidad para reaccionar, todo se vuelve teoría y análisis, invertimos mas tiempo en pensar que en actuar, porque el aporte o interacción con la red es un ejercicio en cierto modo intelectual.

Pero al dejar atrás tanto análisis, emprendí  la toma de decisiones valiosas y evidencié de una manera mas clara los cambios que debía hacer en mi rutina para ser más eficiente, desde cosas pequeñas como: ordenar libros, botar ropa vieja, vender cosas que hace tiempo que no uso, ordenar disciplinadamente la información de mi disco duro, hasta cosas mas relevantes como: apuntarme a cursos nuevos, chequear mi estado de salud o iniciar un diario. Aunque soy una persona que realiza ejercicio con regularidad, se me ocurrió diseñar nuevas rutinas para fortalecer mi cuerpo y aumentar mi flexibilidad. Apartarme de las redes me llevó a concentrarme más en el presente y a no pensar tanto en el futuro, que es algo que el Internet provoca mucho en la personas: la expectativa durante la espera. La
espera de un mensaje, la espera de un suscripción, de un pago, de un correo, de una descarga, de una noticia...

A la mitad de la segunda semana noté que todas esas actividades que había dejado en el pasado en una lista de espera estaba comenzando a realizarla. Al no ser presa de las expectativas, procedí a la acción y logré hacer todo aquello que siempre había estado en planes, eran pequeñas cosas, pero que cuando se acumulan comienzan a convertirse en un monstruo que te recuerda constantemente lo que no has hecho.

A los primeros días de estar sin mi teléfono inteligente, lo usual era pasar momentos incómodos en lugares en los que se suele esperar, como: en la antesala de espera de un consultorio médico, en la cola para pagar algún producto o esperando el turno en el banco. Mientras todos aprovechaban para consultar su celular en esos momentos, yo no había ideado muchas actividades para distraerme. Por lo que tomé esos tiempos muertos para realizar una lectura pendiente, pero cuando no contaba con una lectura a la mano entonces me aventuraba a recorrer el espacio o mirar los anuncios. Me di cuenta que mientras invertía todo ese tiempo en mi celular me estaba perdiendo de ver lo que sucedía a mi alrededor, las reacciones de las personas, las historias de la gente, incluso podría decir que aumenté mis habilidades sociales. Confieso que no soy una persona muy social, pero cuando tienes un teléfono inteligente es posible que casi no te veas obligado a interactuar mucho, solo lo básico. A veces un celular puede convertirse en una barrera que nos aleja de otras personas. Al aumentar mis interacciones sociales pude verme más seguro, más hábil socialmente y más confiado. Me sentía un poco tonto al haber ignorado cosas tan simples por tanto tiempo.

Antes el pasar del tiempo era torturarte, el celular a menudo se presentaba como una vía de escape para acelerar ciertas cosas y escapar de ciertas situaciones. Sin embargo luego de pasar casi dos semanas sin mi móvil, el tiempo me rendía mucho mas y lograba organizarme mejor en ciertas actividades. Ya eran dos semanas en las que dormía mejor, me levantaba con mas energía, más positivo, hacia ejercicio con mas ímpetu e incluso estaba alimentándome mejor.

Al estar mas alegre y con mas energía aumento mi interés por compartir con las personas que me rodeaban, tanto con conocidos como con personas desconocidas. Aumento mi creatividad para realizar capturas y admirar la belleza del mundo. Las cosas estaban yendo bien y a pesar de que mis problemas personales o las razones de mis angustias no habían desaparecido, comenzaba a tener mejor cara  para enfrentarlas.

Lo mejor vino cuando mis finanzas comenzaron a mejorar, no por el hecho de no tener un teléfono inteligente, sino que al no estar sujeto a compras impulsivas por la información que recibía de Internet, me concentré en ordenar mi economía personal, controlar mis gastos y establecer mejores ordenes de prioridad. A pesar de que había hecho buenas inversiones cuando se trataba de grandes gastos, había otras decisiones financieras que no resultado muy inteligentes ni provechosas y que consideré que pude haberlas hecho mejor.

Incluso comencé a pensar que tener un teléfono inteligente no era una decisión del todo inteligente, invertir tanto dinero en un dispositivo que consume gran parte de tu energía y que te roba tanto tiempo, en lugar de utilizar esos recursos para realizar un buen viaje, comprarme una buena cámara para capturar momentos, unas mejores botas para ir de excursión, tomar clases para aprender un arte marcial, es decir, pude haber invertido mi dinero en tantas cosas que me pudieron haber aportado mas crecimiento personal, felicidad y relacionales sociales de calidad que lo que pude haber obtenido con un celular.

Entonces reflexioné sobre el lado negativo de las redes sociales. Una falsificación de la intimidad, cuando la realidad es que corporaciones usan toda tu información para venderte bienes o servicios que en su mayoría no necesitas o que apuntan a artículos o personajes de las redes sociales que no aportan nada relevante. Las plataformas de las redes sociales tienden a esparcir mentiras, insultos y superficialidades. Aplicaciones que fueron diseñados como drogas para mantenerte adictos a la Dopamina que produce la interacción con otras personas, interacciones sin valor ni trascendencia en su mayoría.

El protagonismo de la red 2.0, se dice que vivimos en la era de las redes sociales, pero cada vez la interacción social entre las personas es menor y diálogos más escasos. Comencé a entender lo de la trampa de las redes sociales, no ofrecen comunidades o interacción, solo ofrecen encerrarte con gente que piensa lo mismo que tu, que tiene los mismos intereses o ideales.

Se suele escuchar con frecuencia que nuestra generación, la millenial, tiene más capacidad para adaptarse a diferentes situaciones y de asimilar las diferencias, pero las redes sociales lo que están provocando es precisamente el distanciamiento de muchos elementos de la sociedad porque no dialogan con el contrario, solo se interactúa y se comparte con los compatibles, los que tienen intereses comunes. Seguidores y seguidos, contadores de me gusta, todos están construidos sobre la base de un modelo que busca esparcir tus mensajes a quienes piensan igual que tu. Cuando hay discrepancia solo basta con bloquear al otro. Al final la personas no se desarrollaran ni crecerán completamente, porque la evolución no se suele dar cuando sólo te relacionas con las personas que son parecidas a ti en alguna forma, sino con te relacionas con gente diferente.

Creo que en algún momento la popularidad en el uso de las redes sociales comenzó a desvirtuar las bondades de las redes sociales configurando una herramienta cuyo único objetivo es la propagación de publicidad y generar  adicción con su uso. Quizás lo que estaban pensando las personas que idearon este nuevo mundo era ofrecer una plataforma para comunicar las ideas, compartir lo valioso, hacer llegar los mensajes importantes que personas si poder tenían que decir, sortear las censuras de los medios tradicionales y tener un espacio más para la denuncia y llamado a la justicia, creo en esas virtudes de las redes sociales.

Antes quizás no había existido un aparato tan itinerante en nuestras vidas como lo es ahora el teléfono inteligente. Con las computadoras suele existir un espacio adecuado y un tiempo determinado para su uso, con la televisión es similar, existe un horario, unos límites fijados por el consumo de la energía eléctrica o el Internet. Sin embargo con los celulares no hay limites, la presencia y la entrega es total, solo es cuestión de estirar tu mano, meterla en tu bolsillo y comenzar a interactuar e informarte de todo, en cualquier lugar, en cualquier momento, en la cama, en el baño, en el cine, en el bus, en el aula de clase, en la cena y si se te acaba la batería entonces puedes contar con una batería externa.

Luego de toda esa experiencia, pasaron 20 días hasta que necesariamente tuve que usar otro teléfono inteligente. Lo uso ahora tomando conciencia de los vicios que puede provocar y aprovechando las claras ventajas que ofrece para la vida diaria. Admito que aquellos 20 días me hicieron consciente de que la redes sociales puede convertirse cuando menos lo esperes, en una trampa.

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