No es el inicio, es el final



Suele haber pocas cosas tan decepcionantes en la vida como un mal final. Cuando te has identificado con una historia o has sufrido sus altibajos durante un tiempo significativo, lo menos que  podemos esperar es un final satisfactorio.


Sea un libro, una serie, una película, un artículo o un ensayo, podemos afirmar que el final es un elemento de la obra con el cual construimos gran parte de su valoración.

Tenemos la costumbre de atesorar en nuestra memoria esos últimos instantes donde se resuelve todo, donde la verdad sale a la luz, donde el bien vence al mal, donde los protagonistas alcanzan su objetivo, las últimas palabras de un discurso, el término de una guerra, la muerte de una persona. Por lo tanto, podríamos decir que son los finales y no los inicios los que marcan una crucial diferencia. Por ello creo que en general debe existir una necesidad de aprender a terminar correctamente todo lo que hacemos.

Es cierto que los buenos inicios atrapan, que son capaces de conducirnos (y en ocasiones hasta seducirnos) hacia la trama principal de una historia, pero no habrá espectador que tolere un mal final  así su inicio y desarrollo hayan sido deslumbrantes.

Me aventuro a decir que para un escritor construir un buen final puede ser a veces algo estresante, sobre todo cuando se trata de una obra en la que le ha dedicado un tiempo considerable.

Confieso que soy un adicto de los buenos inicios, funcionan para mí como una suerte presagio que me permite anticipar apresuradamente la calidad de lo que vendrá. Es altamente probable que una buena obra cuente con un buen inicio, pero también debo admitir que los buenos inicios no garantizan buenas obras. Esta última reflexión me lleva a la conclusión de que en general la sociedad podría también estar sufriendo de una muy perjudicial predilección por los buenos inicios en varios aspectos de la vida.

Es posible que a más de uno haya valorado una relación, una amistad, un trabajo, un negocio o un emprendimiento sólo considerando las experiencias iniciales y quizás ésta conducta se nos haya desarrollado como un mecanismo de defensa para evitarnos finales desastrosos.

“El show debe continuar". Solía apreciar esa expresión como mensaje cuyo objetivo era el de estimular a las personas a terminar lo que hacen, sin sobredimensionar los tropiezos que hayan tenido, pero ahora debo agregar que quizás esa frase también guarda relación con la importancia del cómo llegamos al final de una historia.

Tal vez  algunas personas recordaran un mal inicio, un tropiezo, una equivocación, pero lo que siempre guardaran en su memoria a largo plazo será como terminaste. Es por ello que la bailarina a pesar de su caída se levanta y vuelve a bailar, que el músico a pesar de haber errado una nota, vuelve tocar porque más allá del tropiezo lo que realmente te pesará es el final y lo que no hiciste para lograrlo. Es en el final donde toda historia o persona tiene la oportunidad de revelar su verdadero valor, esencia y aporte.

A veces por evitarnos malos finales no empezamos nada, o peor aún, no terminamos nada, y vamos siendo testigos de libros, películas, trabajos, relaciones y personas que acaban con un mal final. Cualquiera puede presumir un buen inicio, pero el mundo sólo recordará los que hayan sido capaces de construir un final, al menos, interesante.



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