Dulce cumbre


Lo que nos ocupa en esta ocasión es la historia de la cristalización de un sueño, en particular una cumbre, que se había hecho esperar tras un primer intento. Hace ya algunos años adquirí el hábito de andar por ahí recorriendo montañas, realizando viajes y preparando morrales para ir a alguna excursión, esa costumbre vino a mí de manera imprevista y como muchas tradiciones que surgen en la vida, se quedó para siempre.

No soy muy diferente a la mayoría, solía ser un joven abstraído en  los estudios, la carrera, las obligaciones diarias, el dinero, la salud, la familia, con una rutina monótona cuyo único objetivo parecía ser únicamente quitarle la belleza a la vida y olvidar apreciar lo que nos rodea. El sedentarismo al que está acostumbrado la sociedad actual me costó durante algún tiempo muchas vergüenzas y algunos problemas de salud, se me presento la necesidad de mejorar mi condición física y lo logré, pero luego llegaron los verdaderos retos.

Un curso básico de montañismo en la universidad me abrió las puertas a un universo de destinos y actividades que en otra época no me habría imaginado, fueron 12 semanas de entrenamiento intenso, excursiones al Ávila en Caracas, mucho aprendizaje y luego los amigos fueron llegando. Después de una gloriosa cumbre en el majestuoso pico Naiguatá, la joya de la corona de nuestra hermosa sierra costera, un grupo final se anotaba en una travesía que los veteranos nos pintaban como épico y lo cierto es que tenían razón.

Recuerdo que fue un primero enero, cuando emprendía el viaje en bus destino a Caracas, abandonando por primera vez a mi familia en medio del festejo navideño y de año nuevo, solitario pensaba sobre lo que me esperaba, si llevaba todo el equipo necesario, el suficiente alimento, ansioso y preocupado por una leve tos y alergia que cargaba, pero aquellas preocupaciones no me detuvieron y antes de que lo procesara ya estaba reunido con mis compañeros de viaje, en otro bus, con destino a la ciudad de Mérida, esperándonos como objetivo final el magnífico páramo de la Sierra de la Culata.

Debo admitir que era la primera vez que realizaba un viaje tan largo por el país, pero la tertulia y compañía del grupo hizo más que llevadero el recorrido, las horas pasaron y alrededor del medio día ya me estaba acostumbrando a un nuevo olor,  excremento de vaca y el estiércol de caballo que perfuman los senderos de aquellos valles.

Lo peor del trayecto, ademas  todo por el exceso de peso que llevaba,  no fue el cansancio o las condiciones extremas, sino, no tener idea de cuánto son las distancias pero para nuestra suerte aquel día llegamos sin contratiempos al primer campamento antes de que el sol cayera. Mis compañeros de carpa y cocina fueron los ideales, siempre hubo sinergia y armonía, todos hacíamos el trabajo que nos competía. Al día siguiente, con una noche horrible de pies fríos, mi cuerpo sentía el efecto de la altura y ya nos preparábamos para ir mas alto, cerca de los 4000 metros de altura, el campamento base el cual es conocido con el nombre de campamento de barro negro, era el punto del cual partiríamos luego a la cumbre del pico de Pan de Azúcar, esa dulzura nos esperaba a unos 4675 m de altura.

Acordamos una fatal regla de turnarnos cargar todo el equipo grupal un día por cada miembro y como si fuera poco el peso que llevaba ya estaba obligado a cargar más, cuando pregunte que nos esperaba, no recibí una noticia alentadora, a diferencia del día anterior nos esperaba una pendiente mucho más inclinada. Durante muchas horas mis pasos fueron vacilantes, mi energía escasa, fanático de los descansos y resentido de las marchas, a mitad del día nos acercamos a una cascada muy bonita llamada Cascada del Duende, mientras todos aprovechaban la ocasión de castigarse con baños de agua helada, el reposo de esa hora fue revitalizante para mí, pero el respiro era breve porque ya  abandonábamos la agradable planicie para dirigirnos a la inclinada cuesta. Fue unos de los recorridos más largos y extenuantes del viaje, los suspiros más profundos y los alientos más escasos, el peso en mi espalda era un Karma y las energías eran tan cuidadosamente administradas que pensar en tonterías no era opción, pensaba cada paso y creo que lo único que me alentaba era ver lo lejos que estaba llegando porque una vez en la arriba la vista plena del valle era la mejor recompensa del día.

Destruido seria poco para el estado en el cual llegue al campamento de barro negro, llamado así porque antes de llegar a la zona de acampada lo más probable es que hundas tu pie un par de veces en un pantano que practicamente rodea el campamento. Aquí los efectos de la altura eran críticos, en la noche desperfectos en la cocina retrasó la preparación de nuestro alimento y yo me rehusaba a salir por más de cinco minutos a exponerme al intenso frio que congelaba hasta mis mocos esa noche.  Una de las peores noches de mi vida amenazó mis ganas de continuar, en ocasiones pensé que me explotaría el corazón, la taquicardia, el dolor de cabeza y luego nauseas eran sensaciones nada agradables que el acetaminofén le costaba aliviar, ante los ojos de mis guías era algo normal que todos debíamos sobrellevar. La noche fue eterna y una de los sintomas que no se me olvida era la pérdida de la sensibilidad de mis manos y pies, la taquicardia había cesado pero las nauseas apostaban a que vomitara en cualquier momento, en la madrugada fue la convocatoria a la cumbre, que hasta último momento, me preparaba para ir pero decidí renunciar al objetivo, pensé que si quería llegar más lejos después tenía que dejarlos ir, todos partieron, mientras yo en mis adentros lloraba la cumbre desde el campamento. Yo revitalizado después recibía a mis compañeros que alardeaban de la grandiosa experiencia.

Ese viaje término dos días después como debía terminar, en la salida del parque nacional en un punto llamado  "collado del cóndor" donde nuestro primer contacto con la civilización fueron unos puestos de comida que ofrecían pastelitos andinos, dulces  y fresas con crema, el viaje fue un éxito, gane unos amigos increíbles y unos de los guías fue atacado por un murciélago mientras escalaba una roca a plena luz del día.

Pero algo que deben saber es que soy insistente y como un primer amor no olvidé esa cumbre jamás, se convirtió en mi fetiche, un asunto pendiente que debía resolver y por supuesto, después de mejorar extraordinariamente mis habilidades en la montaña, estaba destinado a regresar para conquistar aquel pico dignamente.

Tres años después, luego de un largo historial como guía en numerosas excursiones regresé a aquel páramo a disfrutar aquel pico con ansiosa pretensión, ahora suficientemente preparado para disfrutar el viaje, mucho más ligero, con un grupo más pequeño a cargo, salí otra madrugada con sueños de cumbre, iba punteando el grupo, sereno, corriendo hacia la cima, feliz, descubriendo que la cumbre se hacía resistente engañándome en cada meseta de que había llegado para darme cuenta luego que todavía faltaba otra colina y así en ese juego alcancé el punto más alto esperando subir más, comprendiendo finalmente que no había conquistado la cumbre, sino a mí mismo.

© Alejandro Guipe | Derechos Reservados.  http://alejandroguipe.com

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